La encarnizada lucha de las ballenas para que las gaviotas no se las coman vivas

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Las gaviotas le clavan su pico a la ballena franca y le arrancan pedazos de grasa y piel.

Es una escena violenta. Un enfrentamiento difícil de tolerar sin fruncir el ceño o hacer, de tanto en tanto, la mirada a un lado.

Se repite todos los años entre julio y diciembre en la Península Valdés, en la Patagonia argentina.

¿Los rivales? La gaviota cocinera y la ballena franca.

Y, aunque se trata de una lucha entre una hormiga y un gigante, la ballena lleva todas las de perder.

Desde la década de los 70, se han observado numerosos ataques de gaviotas a ballenas en esta región del mundo, a donde las ballenas francas viajan para dar a luz o amamantar a sus crías antes de emprender su camino hacia la Antártica.

Cada vez que los cetáceos asoman su lomo fuera del agua para respirar, las gaviotas le arrancan con su pico pedazos enteros de piel y grasa.

La ballena reacciona arqueando inmediatamente su espalda a causa del dolor.

Sin embargo, según una nueva investigación publicada recientemente en la revista Marine Biology, estos gigantes marinos que pueden llegar a medir unos 16 metros y pesar hasta 50 toneladas, están comenzando a modificar la forma en la que respiran para evitar estos virulentos ataques.

Crías, las más vulnerables

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Las heridas son circulares y cuando son muchas se unen y forman una especie de canaleta.

 

“Las gaviotas les producen heridas, ulceraciones circulares, que pueden convertirse en una vía de entrada de agentes patógenos”, le cuenta a BBC Mundo Ana Fazio, investigadora del CONICET y autora principal del estudio.

“Además, al no tener piel, pueden perder la temperatura corporal”.

Algunas tienen tantas heridas que, al unirse, forman una suerte de canal pequeño.

Pero el problema mayor, son las crías, dice la investigadora.

“Estas tienen la piel mucho más lábil. La van cambiando con mucha rapidez porque tienen una tasa de crecimiento muy alta por día”, señala, y esto las vuelve mucho más vulnerables.

Los ataques, que desde que observaron han ido en aumento, no son para saciar el hambre -en la zona no faltan basurales a cielo abierto ni áreas de descarte de pescado- sino que, al parecer, es un comportamiento aprendido que se fue pasando de gaviota en gaviota.

 

Respiración oblicua

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Al no sacar el lomo, las gaviotas no las pueden atacar. Sin embargo, se las ha visto picotearles los cayos de la cabeza, donde anidan crustáceos. Como esta parte del cuerpo es más dura, la ballena no sufre tanto.

En cuestión de aprendizaje, ahora parece haberles tocado el turno a las ballenas que están encontrando una alternativa para que esta convivencia les sea menos perjudicial.

“Cuando las ballenas respiran normalmente sacan primero la cabeza y después el lomo. Y, si van a hacer una inmersión profunda, sacan la cola también”, explica Fazio.

“Lo que empecé a observar es que ahora sacan la cabeza hasta el espiráculo (algo así como la nuca) y luego vuelven a entrar al agua. Inhalan, en un ángulo de 45º, y se vuelven a sumergir”.

Lo hacen de forma rápida, explosiva, manteniendo el lomo dentro del agua.

Según señala la investigadora, este tipo de comportamiento, al que llamó respiración oblicua, sólo está presente en las ballenas de Península Valdés.

“Cuando la ballena hace esta respiración oblicua, la gaviota se queda boyando o planeando y no ataca”.

Energía adicional

Aunque aún no se ha corroborado si esto disminuye la cantidad de lesiones, es evidente que se están limitando las posibilidades de ataque, dice Fazio.

La ventaja, explica, es que se trata de una conducta que también pueden adoptar las crías.

No lo es, por ejemplo, el arquear la espalda -otro comportamiento registrado en adultos-, que si bien los beneficia al permitirles evitar los picotazos, podría explicarse por otras razones, ya que no es exclusivo de las ballenas francas de la Patagonia argentina.

La nueva estrategia de defensa ofrece claros beneficios, pero también tiene desventajas.

Mantener el lomo bajo el agua supone un gasto de energía extra, algo costoso para las crías, que deberían usar el máximo de su energía para amamantarse, crecer y juntar fuerzas para cuando llegue el momento de partir hacia la Antártica.

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Esta nueva forma de respirar supone un gasto adicional de energía para las ballenas.

Esquivar a las gaviotas nadando más rápido también supone un coste de energía adicional.

Pero en tanto la población de estas aves no disminuya -pese a algunas estrategias implementadas en tierra para reducir su población- estos cetáceos seguirán dependiendo de su propio ingenio para ganar la guerra contra las gaviotas.

Los ataques se observaron por primera vez en la década de los 70 y 80.

Los ataques se observaron por primera vez en la década de los 70 y 80.

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